Transformar la indignación en votos

Trump, un presidente sin más principios y convicciones que los que supongan su beneficio, conveniencia y supervivencia, se apresta a darle un regalo a la base republicana más conservadora, que puede afectar políticas públicas a diversos niveles por los próximos 40 años o más

La Suprema Corte de EEUU podría quedar inclinada hacia el lado conservador apoyando políticas que afecten el avance de las minorías. Foto Cortesía
Maribel Hastings / Asesora America’s Voice

Los dos jabs a la mandíbula llegaron cuando la Corte Suprema de la nación sostuvo el veto musulmán del presidente Donald J. Trump, y luego cuando el magistrado del máximo tribunal, Anthony Kennedy, anunció su retiro colocándole a Trump en bandeja de plata la oportunidad de seleccionar, por segunda vez en menos de dos años, a un juez que solidifique el ala conservadora del Supremo.

Trump, un presidente sin más principios y convicciones que los que supongan su beneficio, conveniencia y supervivencia, se apresta a darle un regalo a la base republicana más conservadora, que puede afectar políticas públicas a diversos niveles por los próximos 40 años o más. Lo único que pide a cambio Trump es que lo sigan apoyando ciegamente, no solo los electores, sino los líderes republicanos que estratégicamente han ignorado normas, moral y principios apoyando a Trump si ello supone avanzar su agenda.

Los rostros de varios analistas de televisión y de los demócratas del Congreso estaban desencajados. El Partido Republicano de Trump no solo controla las dos cámaras del Congreso sino que en el Supremo los conservadores podrían inclinar la balanza a su favor en temas como el aborto, el control de armas, los derechos laborales y de los votantes, y la inmigración, entre muchos otros.

Maribel Hastings/ Asesora ejecutiva de America’s Voice. Foto cortesía America’s Voice

Esto ocurre cuando entramos en la segunda mitad de este año electoral y cuando esas elecciones determinarán si los republicanos siguen controlando las dos cámaras del Congreso, o si al menos una pasa a manos demócratas para tratar de establecer algún tipo de balance legislativo que dificulte el avance de políticas públicas detrimentales.

No obstante, el Partido Demócrata también se encuentra en una encrucijada generacional e ideológica entre facciones más identificadas con la clase dirigente, y otro sector que siente que tienen que apelar a ideas más progresistas y proponer nuevos rostros para poder entusiasmar a su base como lo hizo Trump con la suya, aunque esbozando ideas extremistas, particularmente en inmigración, tema que ahora vuelve a explotar para seguir controlando el Congreso.

El triunfo de Alexandria Ocasio-Cortez, la joven de 28 años de edad, nacida en el Bronx, de origen puertorriqueño, quien le ganó la primaria del distrito 14 de Nueva York al veterano congresista Joe Crowley, presidente de la bancada demócrata cameral y quien se perfilaba como un potencial sucesor de Nancy Pelosi en la presidencia de la Cámara Baja, denota esa fricción. No se sabe si Ocasio ganará la elección en noviembre, pero su logro sin duda envía un contundente mensaje a la dirigencia del Partido Demócrata.

De hecho, en su ronda de entrevistas resaltó uno de sus comentarios al decir que reaccionar a cada tuit y locura de Trump no es una estrategia política en sí misma.

Como votante latina eso resuena conmigo porque en 2016 la estrategia demócrata consistió en rogar que el extremismo y la retórica de Trump generaran tal repugnancia entre diversos sectores de votantes que acudirían en masa a las urnas para evitar su ascenso. Y si bien sabemos que Trump perdió el voto popular por casi 3 millones de sufragios, en este país, lamentablemente, el voto popular no elige presidentes. El mensaje fue claro: quién es el candidato o la candidata cuenta; apelar a sectores de votantes importantes en elecciones cerradas no puede ser una estrategia de último minuto, a cada voto hay que cultivarlo y escucharlo; y rogar para que las cosas ocurran no es una estrategia política ganadora.

A meses de una elección intermedia y a dos años de la presidencial de 2020 queda por ver si no se repiten los errores del 2016.

Por lo pronto, veo una luz al final del túnel. En las recientes manifestaciones en contra de las políticas de Trump de separación familiar y de ‘tolerancia cero’ ha sido un gusto ver cómo grupos cívicos, individuos y diversos sectores se han unido para enfrentar los atropellos de esta administración aunque su área de enfoque no sea la inmigración.

Y me parece que en eso estriba la presión por el cambio. En entender que las elecciones tienen serias consecuencias y que por esa razón no hay que dejar nada a la suerte o en manos de otros. En entender que hay diversos sectores y asuntos bajo ataque y que para dar la pelea, hay que unir esfuerzos. Hay que sacudirse el marasmo. Las elecciones de noviembre de 2018 serán la primera prueba de fuego para determinar si hemos aprendido algo de la dura lección de los pasados casi dos años. Hay que transformar la indignación en votos.